domingo, 2 de junio de 2019

Tizgui Remz





Sabía que estaba en una zona militar prohibida a los turistas pero quería visitar aquel oasis a toda costa. Aquella fotografía del oasis de Tizgui Remz fue la que me metió el gusanillo del Sahara entre ceja y ceja. Volvía a la civilización después de veinte días nomadeando por el Sahara Atlántico y ya no me importaba que me expulsaran de allí. Y tomé la pista que se dirigía al oasis.

La pista va en paralelo a un río y llegado a la altura del oasis debo cruzarlo. Busco un camino que lo cruce, esa zona estuvo minada y solo debo pisar sobre huellas bien marcadas. La espesa y alta vegetación del río, cañas, me impiden ver el otro lado  por lo que continuo por una estrecha pista entre juncos y cañas buscando un paso.

De repente de detrás de unos juncos salen dos hombres mal vestidos apuntándome con sus Kalashnikov.  Puse las dos manos sobre el volante bien visibles mientras pensaba: la cagué, que bonito trofeo se van a llevar estos polisarios de los “territorios ocupados”, Tifariti está muy cerca... Mientras uno se acercó a la ventanilla el otro permanecía apuntándome frente al coche. Me preguntaron en francés a dónde iba, de donde venía y si no sabía que estaba en una zona militar prohibida. Respiré tranquilo, eran soldados marroquíes y me parecieron aún más asustados que yo.

Hablaron por radio con el puesto del oasis y me indicaron que tomara un camino que había más adelante para llegar a oasis, uno de ellos se vino conmigo en el coche y llegamos al oasis.  Como es costumbre me pidieron la documentación y les di la “ficha” con mis datos y los del coche. El comandante del puesto era un teniente ya mayor, estaría cerca de la jubilación. Me preguntó qué hacía por allí en una zona militar y le conté la verdad. Se echó a reir y me estrechó la mano de nuevo. Continuamos hablando un rato sobre mi viaje mientras nos tomábamos unos tés.

Llevábamos más de una hora cuando le dije que me iba a marchar ya. Me respondió que era la hora de comer y me invitó a comer con ellos. En principio rechacé por prudencia pero me contestó que en el desierto cuando hay comida se come, no se sabe lo que pasará después. Acepté finalmente. Como es costumbre, el teniente cortó los trozos de cordero con sus manos y puso en mi parte del gran plato común el mejor trozo. El tagine estaba delicioso.

Aquello estaba lleno de militares y está fué la única imagen que pude captar furtivamente desde dentro de mi coche al salir del oasis


Antes de irme me dio unas indicaciones para llegar hasta Foum el Hisn sin tocar asfalto y sin ser importunado por sus colegas con la advertencia que su versión oficial siempre sería que me mandó ir a buscar la carretera. Todo un detalle por su parte. Finalmente llegado al cruce que me indicó tuve serias dudas. Finalmente terminé buscando la carretera a la llamada de una de mis pastelerías favoritas de Marruecos, la de Assa. Allí tomé un delicioso batido de aguacate y un par de pasteles.

Los encuentros con los militares marroquíes en el Sahara en general me han dejado una impresión muy agradable. Siempre es de agradecer un rato de conversación cuando llevas días solo vagando por el desierto, igualmente para ellos que pasan períodos de 15 días en un puesto perdido en mitad de la nada. He comido con ellos, he dormido en algún puesto y he pasado muy buenos ratos. Incluso con alguno que he coincidido varias veces hemos cultivado una relación muy interesante. Le agrada que me interese el desierto, el está allí por voluntad propia también pero como comandante de un puesto de la Gendarmería me dice que soy su responsabilidad y nunca se queda tranquilo cuando continuo. Siempre me insiste en que siga por carretera aunque no le hago caso. Salvo una vez que me lo ordenó y cumplí, pero eso es otra historia.

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